Me senté en el sofá, sosteniendo el teléfono. Pietro, acurrucado en la esquina, nos miraba a Agustina y a mí como si fuéramos demonios. Agustina, sin embargo, me observaba con una mezcla de admiración y cautela; la incertidumbre se había convertido en su combustible.
Marqué el número seguro de Baldi.
Sonó su celular, supuse que sabía que era yo.
—Pronto —respondió Baldi, su voz áspera y nerviosa.
—Soy Julian. Y sé que no fuiste tú.
Hubo un silencio prolongado, pesado como el mármol.
—Julian, yo... —Baldi tartamudeó.
—No mientas. Sé que la Madre Superiora puso el veneno. Sé que ella y el Padre Mateo controlan el convento, y que te forzaron a ayudarles a mover el Retablo para saldar la deuda de la Famiglia de mi esposa.
Agustina se me quedó mirando al decir que ella era mi esposa.
El jadeo de Baldi fue la única confirmación que necesitaba.
—Tienes una hora, Baldi. O vienes a Lisboa y me traes el Retablo de los Conti que Fazio tiene en Salerno, o le envío a la Superiora la transcripción