Me senté en el sofá, sosteniendo el teléfono. Pietro, acurrucado en la esquina, nos miraba a Agustina y a mí como si fuéramos demonios. Agustina, sin embargo, me observaba con una mezcla de admiración y cautela; la incertidumbre se había convertido en su combustible.
Marqué el número seguro de Baldi.
Sonó su celular, supuse que sabía que era yo.
—Pronto —respondió Baldi, su voz áspera y nerviosa.
—Soy Julian. Y sé que no fuiste tú.
Hubo un silencio prolongado, pesado como el mármol.
—Julian, yo