El avión privado de Abietti, uno de los tantos activos escondidos, nos esperaba en una pista de aterrizaje desierta cerca de Roma. El Padre Mateo cumplió su parte, la aeronave estaba lista, sin plan de vuelo registrado.
Julian subió débilmente, apoyándose en mi hombro. La Hermana Teresa había hecho un trabajo limpio con la sutura, pero la fiebre y la adrenalina lo habían drenado. Él se desplomó en el asiento de cuero, con los ojos cerrados.
Yo me senté frente a él. La cabina lujosa, silenciosa,