El avión privado de Abietti, uno de los tantos activos escondidos, nos esperaba en una pista de aterrizaje desierta cerca de Roma. El Padre Mateo cumplió su parte, la aeronave estaba lista, sin plan de vuelo registrado.
Julian subió débilmente, apoyándose en mi hombro. La Hermana Teresa había hecho un trabajo limpio con la sutura, pero la fiebre y la adrenalina lo habían drenado. Él se desplomó en el asiento de cuero, con los ojos cerrados.
Yo me senté frente a él. La cabina lujosa, silenciosa, olía a cuero y a desinfectante. Era la jaula de oro de Abietti, y ahora era nuestro refugio clandestino.
—Estamos en el aire. Destino, Lisboa —le susurré.
Julian abrió los ojos. Estaban claros, ya sin el velo de la fiebre.
—El avión. Lo usó para todos sus negocios sucios —dijo Julian.
—Y ahora lo usaremos para salvar nuestro pellejo. Duerme, Julian. Necesitas recuperar fuerzas. El heredero de Luca Rossi no se va a encontrar con un muerto.
Pasaron las horas. El sol de la tarde se filtraba por la