El silencio de la cafetería era más aterrador que cualquier grito. Luca Rossi se había ido, pero su amenaza flotaba en el aire. Pietro, pálido y temblando, seguía acurrucado detrás del mostrador.
—Pietro, tienes que venir con nosotros. Ahora —ordenó Julian, su voz severa.
—No... no quiero ir a Venecia. El Señor Abietti me dijo que si salía, me mataban —tartamudeó Pietro.
—Abietti está muerto. Y quien lo mató te está buscando —intervino Agustina, acercándose al mostrador—. Te vio la noche del en