Julian se había desmayado. Las últimas palabras, susurradas por el dolor y los narcóticos, resonaron en mi cabeza: "Sé dónde está... el hijo de Luca..." Luego, el silencio. La Hermana Teresa había hecho un buen trabajo, la herida estaba limpia y Julian dormía con un suero goteando lentamente. Ahora era solo mío.
Dejé a Julian y me dirigí al claustro. El aire olía a cera de vela y a un secreto milenario. En la biblioteca, me esperaba el Padre Mateo. No era un hombre de Dios en el sentido tradici