Julian se había desmayado. Las últimas palabras, susurradas por el dolor y los narcóticos, resonaron en mi cabeza: "Sé dónde está... el hijo de Luca..." Luego, el silencio. La Hermana Teresa había hecho un buen trabajo, la herida estaba limpia y Julian dormía con un suero goteando lentamente. Ahora era solo mío.
Dejé a Julian y me dirigí al claustro. El aire olía a cera de vela y a un secreto milenario. En la biblioteca, me esperaba el Padre Mateo. No era un hombre de Dios en el sentido tradicional, de hecho Era el verdadero poder detrás del convento, mi antiguo tutor, y el hombre que me había enseñado la gramática de la traición.
—Agustina. La niña más inteligente de mi escuela —dijo Mateo, levantándose. Llevaba una sotana impecable, pero sus ojos eran fríos, calculadores. La antítesis de la fe.
—Padre. Siempre tan sincero. ¿El precio de mi visita? —dije, yendo directamente al grano.
Mateo sonrió, un gesto que no llegaba a sus ojos. —El precio es la continuidad. La Iglesia es un nego