El alta médica llegó como un suspiro aliviado. Aunque Valeska todavía sentía cierta debilidad en las piernas, la fuerza que brotaba de su pecho era innegable. Una energía nueva, vibrante, diferente a cualquier otra que hubiera sentido en los últimos meses.
El médico les había dado permiso para marcharse aquella misma tarde, después de los últimos controles de rutina, y allí estaban esperándola: su padre, con esa paciencia inquebrantable que era su refugio; Fabricio, con esa mezcla de seriedad y