El auto se deslizaba por la ciudad de regreso a casa, con la caja del ultrasonido guardada en el asiento trasero, aunque todavía no había sido necesario hacer uno. El documento con los resultados bastaba. Valeska lo había leído tres veces en silencio.
—¿Vamos directo a casa? —preguntó ella, con una calma fingida.
Lisandro la miró de reojo. —¿Quieres pasar por algo?
—Sí. Por un psicólogo. Porque no sé cómo le vamos a decir esto a mi papá sin que le dé un infarto —respondió ella, cerrando los ojo