Un mes había pasado desde la noche del cine casero, y la casa de Valeska respiraba una calma que parecía un milagro tras el caos del pasado. La sala estaba bañada en la luz suave del atardecer, con juguetes esparcidos y el sonajero de Adrián brillando en un rincón.
Valeska empujó la puerta, agotada tras un largo día en su trabajo en el hotel que Lisandro le dio como regalo de boda, con el bolso colgando de un hombro y el cabello ligeramente desordenado. El aroma de pasta con albahaca y pan reci