Mundo ficciónIniciar sesiónEngel Saint Hilaire vive atrapado en una mentira, casado con un hombre que no ama y rodeado de enemigos que esperan verlo caer, mientras oculta la verdad más peligrosa de todas: su cuerpo sigue atado a un alfa que lo dejó atrás. Un vínculo incompleto, una marca que aún arde y un destino que se niega a desaparecer lo consumen lentamente, debilitándolo en silencio, sin que nadie sospeche que su vida pende de un lazo que jamás debió romperse. Cuando Sebastián Olivera reaparece en su vida sin recordar quién es él, todo se desmorona. Porque, aunque su mente lo haya olvidado, su instinto lo reconoce, y la cercanía entre ambos comienza a encender una atracción imposible de ignorar. El deseo crece, el pasado despierta y la verdad amenaza con salir a la luz, arrastrándolos a un punto sin retorno donde cada emoción puede destruirlos. Pero esta vez, amar puede no ser suficiente, porque hay heridas que no sanan… y abandonos que se pagan con la vida. . . Serie Lazos Del Destino: 0.5. XXX 1. El Alfa Que Me Marcó 2. La Obsesión Del Alfa 3. Abandonado Por El Alfa 4. XXXX
Leer más*—Engel:
Se sentía como en el cielo, acostado entre nubes cálidas que exhalaban un aroma envolvente, masculino y salvaje, con notas de bosque y lluvia, algo silvestre. Era un olor familiar, de esos que se quedan grabados en la piel y en los huesos, imposible de confundir, imposible de olvidar. Una risita salió de él al notar dónde estaba. Esa calidez y ese olor eran únicos, pertenecían a su gran amor, al hombre que amaba, a su compañero destinado. Su cuerpo lo reconocía antes que su mente, y cada fibra de su ser se rendía a esa sensación de hogar. Alzó la vista para ver el cincelado rostro de su amado y se deleitó con su fuerte mandíbula, subiendo a sus labios hinchados por los besos recientes, siguiendo la línea de su nariz perfilada hasta llegar a esos ojos de color miel intensa que lo miraban con ternura infinita. En esos ojos cabía el mundo entero, y en ese momento, el mundo era perfecto. Deseoso de su hombre, se movió hacia arriba, acercándose, y bajó la cabeza para unir sus labios en un suave beso. Un beso que lo hizo temblar, que hizo que sus dedos se doblaran sobre la sábana y un calor profundo se instalara en su vientre, creciendo como una llama dulce, viva. Sin embargo, esa calidez comenzó a dispersarse, como si algo invisible la devorara. Todo el lugar empezó a enfriarse de golpe. El aire se volvió pesado, helado, y el calor bajo su cuerpo desapareció. Su alfa comenzó a desvanecerse frente a sus ojos, primero sus manos, luego su torso, su rostro, hasta que solo quedó el vacío. Parpadeó, confundido, buscando aferrarse a su imagen, pero su alfa se esfumó como un espejismo roto, dejándolo solo entre sombras. Se levantó de la cama con desesperación, la respiración entrecortada, y comenzó a mirar por la habitación que antes había sido cálida y llena de vida. Ahora todo era gris, frío, desprovisto de color. Buscaba a su amado, llamándolo una y otra vez, pero no estaba allí. Estaba solo. El silencio era tan pesado que dolía. De pronto, un dolor agudo y profundo lo atravesó. Su vientre se contrajo con tal fuerza que el aire se le escapó de los pulmones, y cayó de rodillas ante el suelo helado. Un grito desgarrador escapó de su garganta, un sonido animal, desesperado, mientras sentía cómo sus entrañas se revolvían sin piedad, desgarrándolo por dentro. El dolor era insoportable, físico y espiritual, como si el mismo destino le arrancara algo de su interior. Alzó la mirada, las lágrimas empañando su visión, tratando de pedir ayuda, de encontrar a alguien. Entonces una figura alta se cernió sobre él, proyectando una sombra que lo envolvió por completo. Una mano firme le tomó la barbilla, obligándolo a mirar hacia arriba. Ojos azules, idénticos a los suyos, lo observaban con una frialdad glacial. En los labios de aquella figura se curvó una sonrisa maliciosa, victoriosa, tan cruel que le heló la sangre. —Yo soy quien controla tu destino, Engel. Nadie más. Y si no quiero que tengas el hijo de un bastardo, así será —pronunció con una calma venenosa, cada palabra como un golpe. En ese momento, Engel Evans bajó la mirada y vio sus shorts empapados de rojo. La sangre se extendía por el suelo, espesa, brillante, manchándolo todo. Su mundo se detuvo. Su bebé. Su bebé estaba muriendo. Un sollozo desgarrador escapó de él. Se abrazó con fuerza, tratando de contener algo que ya no podía salvar, mientras gritaba por ayuda, por alguien que lo socorriera, pero no había nadie. Solo el eco de su propio dolor, y la sangre que seguía brotando, llevándose consigo la vida que había procreado con el amor de su vida. Era su castigo por desafiar las reglas, por amar donde no debía. Le habían arrebatado a su alfa, a su hijo, a su razón de vivir. Y ahora solo quedaba un hombre vacío, con el alma rota y un fuego de ira ardiendo en su pecho. Su mirada se alzó, enrojecida y temblorosa, hacia el hombre que lo observaba a unos pasos de distancia. El rubio de ojos azules reía con satisfacción, una risa fría, triunfante, convencido de haber cumplido con su deber. Engel lo miró con todo el odio y el dolor que podía caber en un solo ser humano. Algún día la vida le haría pagar. Mientras le quedara aliento, mientras siguiera respirando, Engel nunca perdonaría a su hermano mayor por haberle destruido la vida y por arrancarle lo más sagrado que tenía. Un trueno sonó estridentemente, sacudiendo los ventanales, y sus ojos se abrieron de golpe. El techo blanco con una lámpara de cristal fue lo primero que vio, y por un momento no supo si seguía soñando o había despertado. Se incorporó lentamente, jadeando. Su respiración era entrecortada y su corazón latía con fuerza, como si quisiera romperle las costillas. Todo su cuerpo estaba cubierto por una fina capa de sudor frío que le pegaba la camisa al pecho. Ah, el mismo sueño de siempre. Debería estar acostumbrado, pero no lo estaba. Nunca lo estaría. Y, como cada vez, el recuerdo venía acompañado de los síntomas de un omega separado de su alfa: la presión en el pecho, los escalofríos, el temblor en las manos y ese vacío que dolía más que cualquier herida física. Engel suspiró con cansancio y se bajó de la cama. La habitación estaba helada, aunque tal vez no era culpa del aire acondicionado, sino del clima que rugía tras los ventanales. Del otro lado del vidrio, el cielo lloraba con furia. La lluvia golpeaba los cristales como si quisiera entrar e inundarlo todo. Se abrazó a sí mismo, temblando, y cerró los ojos. El dolor de cabeza era intenso, una punzada constante detrás de las sienes que le recordaba que su cuerpo seguía roto, dañado, condenado a un vacío eterno. Era el recordatorio de lo que había perdido y de que aún seguía vivo, por más que a veces no lo quisiera. Caminó hacia las ventanas de cristal y observó el jardín trasero de la casa donde vivía. La grama lucía un verde brillante, casi sobrenatural, gracias a las lluvias de los últimos días. Las flores del borde se mecían suavemente con el viento y la lluvia, y las gotas formaban caminos de plata sobre las hojas. Era hermoso, pero esa belleza le pesaba. No lo favorecía a él, porque cuando llovía, recordaba. Y él odiaba recordar. Se apartó de la ventana y se dirigió al baño contiguo a su recámara. Encendió la luz, pero el reflejo le hizo entrecerrar los ojos. Por un largo rato dejó sus ojos cerrados hasta que poco a poco los abrió. El dolor de cabeza seguía martillando fuertemente tras su sienes, necesitaba un analgésico pronto. Cuando se recuperó, abrió el grifo del lavabo y esperó a que el agua corriera unos segundos antes de juntar un poco con las manos. Se mojó el rostro, dejando que las gotas resbalaran por su cuello, intentando borrar con ellas los rastros del sueño, del dolor, de sí mismo, pero sabía que eso solo empeoraría su jaqueca. Cerró la llave y alzó la mirada. El reflejo que le devolvió el espejo era el de un hombre cansado. Sus ojos azules estaban apagados, hundidos y rodeados de sombras. Las venas bajo sus párpados resaltaban por la falta de descanso. Su piel, pálida y tensa, parecía de porcelana resquebrajada. Los labios, secos y cuarteados, tenían un tono violáceo a pesar de haberlos humedecido. Había días en los que se veía mejor, en los que su belleza etérea, casi angelical, le recordaba por qué alguna vez fue el orgullo de su familia, pero otros, como ese, su cuerpo le mostraba el castigo de estar incompleto. De ser un omega marcado que fue abandonado por su alfa y que nunca sanó. Una sonrisa amarga se formó en sus labios y negó con la cabeza. El día había empezado bien, al menos para su desgracia. Tal vez debería volver a la cama y dejar que la lluvia lo arrullara hasta que todo dejara de doler, pero el hambre apretaba su estómago vacío, y para calmar el dolor de cabeza debía tomar analgésicos, por lo que no podía hacerlo sin comer algo. Aunque, si era honesto, le daba igual. Si su vida terminaba así, en silencio, sin dramatismos, sería un alivio. Aun así, para no escuchar las reprensiones de la gente que lo rodeaba, decidió ir a la cocina a comer algo antes de medicarse. Se cepilló los dientes sin ganas y luego salió de su recámara. No le importaba andar en shorts y en franela. Los guardias de la casa ya lo habían visto en peores condiciones, incluso desnudo, cuando las crisis lo hacían perder el conocimiento y vagabundear tratando de buscar alivio. Ninguno se atrevía a comentar nada, porque no se sentían atraídos hacia él, pues, ¿quién querría un omega roto, marcado y enfermo? Además, les pagaban demasiado bien para meterse en la vida privada de sus empleadores y perder ese alto ingreso. Al entrar a la cocina, el sonido metálico de los utensilios y el murmullo de la lluvia lo recibieron. Sandra, la doméstica, estaba frente al fregadero limpiando unas tazas. Al sentir su presencia, se giró con rapidez, y una sonrisa cálida se dibujó en sus labios. —Buenos días, señor Saint Hilaire —saludó amablemente. —Buenos días, Sandra —respondió él con voz ronca. —¿Desea desayunar? —preguntó la mujer con su habitual tono servicial. Engel asintió y se sentó en la isla, encorvado, con las manos entrelazadas sobre el mármol. Sandra le sirvió una taza humeante de café, su aroma llenando el aire con una calidez reconfortante. Luego preparó pan tostado y huevos revueltos con movimientos ágiles. Engel murmuró un agradecimiento y comenzó a comer despacio, sin realmente saborear. Solo necesitaba llenar el vacío de su estómago, no el de su alma. Justo entonces, mientras masticaba con lentitud, el sonido de unas voces llegó desde el pasillo, interrumpiendo el silencio resignado de la mañana. Se giró hacia la entrada de la cocina justo a tiempo para ver a un hombre alto de piel tostada, cabello negro perfectamente peinado hacia atrás y ojos café oscuros que reflejaban la autoconfianza de quien tenía el mundo bajo control. El traje gris que llevaba se ceñía con precisión a su cuerpo, destacando su porte elegante y medido. Cameron Saint Hilaire, su esposo, se acercó directamente a él con paso firme, el sonido de sus zapatos resonando contra el suelo de mármol. —Hey, te has levantado —saludó con una sonrisa pulida, alzando una mano para revolverle el cabello. Engel le golpeó la mano antes de que lo tocara, frunciendo el ceño. Le dolía demasiado la cabeza como para tolerar cualquier contacto. —Me duele la cabeza —lo reprendió con molestia, su voz rasposa por la fatiga. —Ah, es uno de esos días —comentó Cameron con su sonrisa perfecta, esa que usaba en todas las fotos y conferencias. Engel se encogió de hombros, apartando la mirada hacia la taza humeante. —¿Ya te vas a trabajar? —preguntó, aunque no necesitaba respuesta. Era jueves, pasadas las siete de la mañana, su esposo, como siempre, tenía la agenda repleta. Ni siquiera la enfermedad de Engel alteraría su rutina. —Así es —confirmó Cameron, ajustándose los gemelos de la camisa—. Ya que no te ves tan bien, supongo que tú no irás a lo tuyo. Engel suspiró cansado. A él le gustaba que su gente lo viera como un pilar, alguien fuerte en quien apoyarse, no en esta cosa que se había convertido con el tiempo. Era mejor que presintiera de ir a trabajar en la fundación para omegas que había establecido hace unos años. Su asistente, que al final era la verdadera máquina tras todo, se encargaría. —No —decidió Engel. —¿Quieres que llame al médico? —preguntó su esposo, inclinándose un poco hacia él. Engel giró los ojos. —¿Qué más puede darme que un analgésico que yo mismo puedo tomar? No tiene sentido que lo llames —replicó, bebiendo un sorbo del café para evitar mirarlo. —Engel… —susurró Cameron, tomando su mano con una ternura estudiada—. Aun así me preocupo por ti, amor. Engel lo observó en silencio. Sí, era cierto. Cameron Saint Hilaire siempre se mostraba como el esposo perfecto: atento, cariñoso, protector. Su fachada era impecable, pero él sabía bien lo que había detrás: frialdad, control, cálculo. Cada gesto era parte del personaje que interpretaba para los medios y los socios de su familia política. Nada de lo que hacían era real, todo era estrategia e imagen. Todo en su matrimonio era un pacto de apariencias y cada uno jugaba su papel con precisión quirúrgica. Así que Engel decidió actuar el suyo. Se bajó del taburete con elegancia, cruzó el espacio entre ambos y se puso de puntillas para rodear el cuello de Cameron con los brazos. Sus labios se rozaron en un beso suave, un gesto que parecía dulce, pero estaba vacío. A él, el simple contacto con otro alfa le revolvía el estómago. Era como traicionar algo sagrado, algo que aún lo ataba a su verdadero alfa, aunque ese lazo estuviera roto. Sintió un leve espasmo en el pecho, el dolor agudo del vínculo dañado, pero no se apartó. Fingir era un arte que dominaba a la perfección. —Estaré bien, amor, créeme —susurró con una media sonrisa, mientras su cabeza latía con fuerza y el dolor le subía por las sienes—. Solo es mi jaqueca de siempre, ¿sí? —De acuerdo —aceptó Cameron con tono amable, girándose hacia Sandra—. Vigílalo. Si se pone más grave, no dudes en llamarme. —Sí, claro, señor —respondió la mujer con una leve inclinación. Cameron asintió y volvió hacia él. Lo besó otra vez, esta vez con más intención. Su lengua invadió la suya, cálida, áspera mientras lo sujetaba con fuerza por la cintura. Engel escuchó a los guardias de Cameron que estaban cerca, toser signo de encontrarse con el olor de otro alfa. Cameron había sacado su aroma para marcarlo, pero era tonto, él jamás había podido marcarlo. Una punzada de náusea subió desde su estómago ante el beso. Su cuerpo lo rechazaba y su instinto gritaba. Cameron lo sintió y se separó discretamente. —Cuídate, y si sucede algo, me llamas, ¿de acuerdo? —le dijo, dándole un beso en la mejilla. —Claro, amor. Vete sin problemas —respondió Engel con voz serena. Cameron asintió satisfecho, se giró hacia la puerta y se marchó junto a sus escoltas. El eco de sus pasos se fue apagando por el pasillo. Engel se quedó allí, inmóvil, con el sabor amargo del café y del beso ajeno mezclándose en su boca. Volvió a tomar asiento, intentando obligarse a terminar el desayuno, pero el nudo en su garganta no lo dejó. Apenas probó otro sorbo del café y el estómago se le revolvió con fuerza. Sintió un ardor en la garganta y, antes de poder contenerlo, tuvo que levantarse y correr hacia el baño más próximo. Se arrodilló frente al inodoro y vomitó hasta quedarse sin aire. El sabor ácido le quemó la lengua, y su cuerpo tembló por completo. El dolor de cabeza se intensificó, como si alguien le perforara el cráneo con agujas. Su pecho dolía tanto que pensó que se le desgarraría. Sí, así era cada vez que fingía y que pretendía ser un hombre normal, un omega felizmente casado. Así era todo, siempre. Fingían. Actuaban. Sonreían para las cámaras. Cameron y él eran la pareja perfecta para los titulares: el alfa dominante con una carrera política prometedora, y el omega ejemplar que impulsaba causas sociales y filantrópicas, pero detrás de los reflectores, su matrimonio no era más que un contrato silencioso, un acuerdo que lo había encadenado a una vida vacía. Engel había sido vendido, no con dinero, pero sí con poder, con influencia y con apellido. Su familia lo había entregado como un trofeo, un símbolo de prestigio, a cambio de mantener su nombre entre los más respetados. Cameron, por su parte, había ganado estatus, visibilidad y una imagen pública inquebrantable. La prensa los amaba, los omegas los admiraban y las revistas escribían sobre su “amor inspirador”. Y pronto Cameron ganaría su candidatura a senador. Su popularidad crecía porque proyectaba una imagen que encantaba a todos: un alfa que defendía la igualdad de los omegas y que estaba casado con uno de ellos. Un hombre progresista, moderno, visionario. Una mentira perfecta. Engel soltó una carcajada rota. El sonido resonó en las paredes del baño y luego alzó la vista hacia el espejo. Lo que vio no fue a un esposo amado ni a un icono social. Fue a un hombre cansado, con los ojos azul ceniza hundidos, las ojeras marcadas y la piel tan pálida que parecía transparente. Sus labios seguían resecos, agrietados. Su respiración era entrecortada. —Un omega de trofeo —susurró con amargura. Llevó una mano temblorosa hacia la nuca, rozando el punto exacto donde, años atrás, había sido marcado. La piel estaba sensible, a veces caliente, otras fría. Sentía pulsaciones fantasma allí, como si el cuerpo recordara la mordida que selló su destino. Aquel vínculo, aunque olvidado, seguía vivo. Latía, dolía y lo consumía. Muchos soñaban con encontrar a su pareja destinada, con sellar un lazo eterno y vivir un cuento de hadas, pero nadie hablaba del otro lado, del precio del vínculo. Nadie decía que, si uno de los dos desaparecía, el otro quedaba condenado y que cada día separado era como morir lentamente. Engel había aprendido eso a la fuerza. Aplaudía las uniones ajenas, sonreía en las ceremonias, pronunciaba discursos sobre el amor verdadero, era alguien que creía en el amor a pesar de todo, pero en el fondo, sentía compasión, porque sabía lo que algún día les esperaría si el destino se volvía cruel. Suspiró profundamente y se enjuagó la boca, tratando de borrar el sabor del ácido y del engaño. Salió del baño y regresó a la cocina, donde Sandra ya le esperaba. Como si intuyera su estado, la mujer había rehecho el desayuno: una sopa ligera y pan recién tostado. —Gracias, Sandra —murmuró, con una sonrisa débil. —De nada, señor —respondió ella con suavidad, sin hacer preguntas. Engel tomó asiento y volvió a comer despacio, forzándose a mantener el alimento dentro. Todos creían que sufría de una enfermedad autoinmune rara, algo que justificaba sus migrañas, sus desmayos y su fragilidad constante. Esa era la historia oficial. Médicos, reporteros y hasta su propio esposo la repetían sin cuestionarla. No obstante, no era una enfermedad. Era la condena de estar separado de su alfa. Un castigo silencioso que lo desgastaba día a día y sin remedio posible. Engel había pasado años deseando reencontrarse con él, volver a sentir su aroma silvestre, cálido y envolvente, pero con el tiempo, ese anhelo se había convertido en resignación. Ahora solo deseaba una cosa: libertad. Libertad del dolor, del vínculo roto y del eco constante de un nombre que aún dolía recordar. Engel miró por la ventana hacia el cielo gris que seguía llorando. Si, algún día esperaba ser libre sin su alfa.*—Sebastián:Al llegar a casa apenas tuvo fuerzas para preparar algo sencillo de comer. Tomó unos analgésicos para aliviar el intenso dolor de cabeza que todavía lo acompañaba desde la ceremonia y regresó directamente a la cama. Como ocurría cada Día de los Caídos, el agotamiento emocional terminó venciendo a su cuerpo y cayó dormido casi de inmediato.Solo que, esta vez, el sueño fue diferente. No había almacenes oscuros, ni cuerdas, ni amenazas. Solo vio a un hombre a su lado, sonriendo mientras ambos caminaban por un parque bajo el sol. Reían, bromeaban y compartían una tranquilidad que hacía mucho tiempo Sebastián no experimentaba. No lograba distinguir con claridad su rostro, pero parecía un ángel y la calidez que sentía en el pecho era tan intensa que, por unos instantes, deseó no despertar nunca. Cuando volvió a abrir los ojos eran casi las cuatro de la tarde y gracias a Dios no tenía que trabajar. Charles había concedido el día libre a aquellos integrantes del antiguo Equipo
*—Sebastián:Sebastián comenzó a prepararse para la mañana.Abrió el armario y tomó con cuidado el uniforme de gala militar. La tela azul oscuro, impecablemente planchada, contrastaba con los detalles dorados de los botones y las insignias bordadas sobre los hombros. Sobre el pecho descansaban varias condecoraciones obtenidas durante sus años de servicio, pequeños fragmentos de una vida que apenas recordaba, pero que demostraban que había sido un soldado ejemplar. Aquel uniforme no representaba únicamente el ejército estadounidense, simbolizaba el honor, el sacrificio, la disciplina y el compromiso de quienes habían jurado entregar su vida por su país. Cada medalla contaba una historia que él ya no podía recordar, pero cuyo peso seguía sintiendo cada vez que la prendía sobre la tela. Aquella mañana debía vestirlo porque se celebraba el Día De Los Caídos y antiguos compañeros de armas, oficiales en activo, veteranos y familiares de soldados caídos asistirían a la ceremonia de homenaj
*—Sebastián:Su cuerpo se incorporó de golpe sobre la cama mientras buscaba aire desesperadamente. Su mirada recorrió la habitación en cuestión de segundos y comprobó que el almacén, el olor a humedad y sal, el hombre rubio y las ataduras habían desaparecido. Más bien, quizá nunca habían estado allí. Sebastián alzó una mano y se la pasó por el rostro empapado en sudor mientras su corazón seguía golpeando con fuerza contra el pecho. —¡Demonios! Otra vez la maldita pesadilla. Un suspiro cansado escapó de sus labios y volvió a dejarse caer sobre el colchón, cubriéndose los ojos con el antebrazo. Estaba harto de aquel sueño o mejor dicho pesadilla que siempre era la misma. Sebastián sentía las mismas sensaciones, el mismo miedo, la misma voz amenazando a su madre y la misma impotencia de no poder defenderse.Desde que había participado en el rescate de aquel joven omega, su mente parecía haberse empeñado en torturarlo noche tras noche. No tenía idea de quién era el hombre que aparec
*—Sebastián:Todo estaba oscuro y no podía respirar.¿Dónde estaba?Trató de mover el cuerpo en busca de escapar de aquel lugar, pero una fuerte resistencia tiró de sus muñecas y tobillos. Espera… ¿Acaso estaba atado?Comenzó a forcejear con todas sus fuerzas, pero las ataduras no cedían. Tenía las manos inmovilizadas detrás de la espalda y los pies sujetos a cada lado de lo que parecía ser una silla que se sentía pesada. Estaba sentado, pero completamente indefenso.¿Qué diablos estaba pasando?Sebastián Olivera apretó los ojos. Ya que no podía ver ni moverse, se obligó a concentrarse en los demás sentidos. El aire olía a humedad, metal oxidado, abandono y sal. A lo lejos se escuchaba el constante zumbido de maquinaria pesada y voces amortiguadas que el ruido de los motores devoraba antes de que pudiera distinguir alguna palabra.Su corazón comenzó a acelerarse mientras comprendía poco a poco la gravedad de la situación.¿Acaso... acaso lo habían secuestrado?Volvió a forcejear c
Último capítulo