Mundo ficciónIniciar sesión*—Sebastián:
Al llegar a casa apenas tuvo fuerzas para preparar algo sencillo de comer. Tomó unos analgésicos para aliviar el intenso dolor de cabeza que todavía lo acompañaba desde la ceremonia y regresó directamente a la cama. Como ocurría cada Día de los Caídos, el agotamiento emocional terminó venciendo a su cuerpo y cayó dormido casi de inmediato. Solo que, esta vez, el sueño fue diferente. No había almacenes oscuros, ni cuerdas, ni amenazas. Solo vio a un hombre a su lado, sonriendo mientras ambos caminaban por un parque bajo el sol. Reían, bromeaban y compartían una tranquilidad que hacía mucho tiempo Sebastián no experimentaba. No lograba distinguir con claridad su rostro, pero parecía un ángel y la calidez que sentía en el pecho era tan intensa que, por unos instantes, deseó no despertar nunca. Cuando volvió a abrir los ojos eran casi las cuatro de la tarde y gracias a Dios no tenía que trabajar. Charles había concedido el día libre a aquellos integrantes del antiguo Equipo Fantasma que ahora formaban parte de la empresa de seguridad. Era una tradición que mantenía desde que abandonaron el ejército. Ese día tan especial no era una jornada para trabajar, sino para recordar. Sebastián se dio una ducha caliente y se puso ropa cómoda. Como cada año, parte del antiguo equipo se reuniría aquella noche para beber, comer y recordar viejas misiones. Sebastián nunca faltaba, en realidad, era el momento que más esperaba del día. Permanecía en silencio durante horas, escuchando las anécdotas de sus compañeros, tratando de reconstruir al hombre que había sido antes del accidente. No tenía recuerdos propios que compartir, pero escuchar cómo hablaban de él, de sus bromas, de su carácter y de las locuras que habían vivido juntos conseguía arrancarle una sonrisa. Durante unas horas sentía que podía conocer, aunque fuera un poco, a la persona que había olvidado y esperaba que algún día la espesa bruma que cubría su memoria terminara por disiparse. Aprovechó las horas libres antes del encuentro para acercarse al supermercado más cercano y comprar algunas cosas que necesitaba para la semana. Como siempre, llevaba consigo una lista plastificada que parecía tener muchísimos años de uso. Estaba cuidadosamente organizada por pasillos y productos, como si alguien la hubiera confeccionado para facilitar las compras habituales del hogar. Sebastián sospechaba que aquella lista pertenecía al hombre que había sido antes del accidente y jamás tuvo el valor de modificarla. Era una de las pocas rutinas que todavía lo conectaban con su antigua vida y por lo que entendía, lo único que le quedaba de ese viejo hombre. Cuando regresó a casa tras permanecer varios meses hospitalizado, encontró un apartamento que hablaba de una historia de amor que él era incapaz de recordar. Fotografías enmarcadas, ropa compartida en el mismo armario, cepillos de dientes juntos en el baño, tazas iguales en la cocina y pequeños detalles que demostraban años de convivencia con Adam Laurent, su compañero en la milicia y, según todos le habían contado, el gran amor de su vida. Aquel descubrimiento terminó por derrumbarlo. Lloró durante horas, desesperado por haber olvidado a la persona con la que había compartido casi una década de su existencia. No podía aceptar que alguien hubiera ocupado un lugar tan importante en su corazón y que ahora fuera incapaz de recordar siquiera el sonido de su voz. Fue la madre de Adam quien terminó contándole sobre su vida con este cuando acudió al apartamento para recoger las pertenencias de su hijo. Con una tristeza inmensa le explicó que Sebastián y Adam se habían conocido durante el entrenamiento militar, que primero se convirtieron en inseparables compañeros de armas y, poco después, comenzaron una relación que duró ocho años. Ambos tenían veintidós cuando decidieron estar juntos y continuaron así hasta aquella misión que terminó arrebatándole la vida a Adam. Sebastián escuchó todo aquello una y otra vez, intentando sentir algo que fuera más allá de la tristeza por un desconocido, pero cada vez que intentaba imaginar el rostro del hombre al que supuestamente había amado, su memoria seguía devolviéndole el mismo vacío. Incluso cuando veía sus fotos, Sebastián no conocía a ese hombre. Sebastián suspiró y se pasó una mano por el rostro. Había demasiadas cosas que no recordaba, pero sus sueños parecían convertirse poco a poco en pequeñas ventanas hacia un pasado confuso. Sueños con Dante, la pesadilla del secuestro, aquellos momentos felices y otras imágenes sin sentido parecían pertenecer a recuerdos reales, solo que aparecían mezclados, incompletos y deformados, haciendo imposible distinguir qué había ocurrido realmente y qué era producto de su propia mente. Al terminar las compras salió del supermercado empujando el carrito lleno de bolsas hacia su camioneta, pero, antes de llegar al estacionamiento, una joven se acercó para entregarle un panfleto político. Sebastián hizo una mueca de fastidio. Los candidatos al Senado parecían desesperados por conseguir votos. Había carteles en cada esquina, anuncios en la televisión, propaganda en la radio y ahora hasta repartían folletos a la salida del supermercado. Resopló, le echó un vistazo al panfleto, pero al ver quien era, hizo una bola con el papel y lo lanzó a un bote de basura antes de continuar caminando sin prestarle mayor atención. No sabía por qué, pero aquel candidato, Cameron Saint Hilaire, siempre le había provocado una sensación desagradable. Jamás habían hablado, solo coincidieron una vez, cuando Sebastián trabajó como seguridad durante un evento benéfico donde había otras grandes figuras del medio. En algún momento sus miradas se cruzaron apenas unos segundos, pero aquello bastó para dejarle una sensación imposible de explicar. Cameron sonrió de una forma extraña, casi burlona, como si supiera algo que él desconocía. Sebastián creyó haber imaginado aquella expresión hasta que uno de sus compañeros le comentó que también había notado la manera en que el senador lo observó. No entendía el motivo. Cameron pertenecía a una de las familias más influyentes de la ciudad, mientras que él era simplemente un exmilitar criado por una madre soltera que había luchado toda su vida para salir adelante. No existía ninguna razón para que un hombre como aquel reparara en alguien como él. Finalmente decidió restarle importancia porque probablemente solo se trataba de un asunto de orgullo entre alfas. Era un alfa dominante y sabía perfectamente que, cuando dos alfas fuertes coincidían, era normal que surgieran tensiones instintivas sin motivo aparente. Convencido de esa explicación, terminó enterrando el asunto en el fondo de su mente. Subió las bolsas a la camioneta, devolvió el carrito a su lugar y regresó a casa. En casa, organizó las compras, preparó una cena ligera para no beber con el estómago vacío y encendió el televisor para ver un partido de baloncesto mientras comía. Eran casi las ocho de la noche cuando su teléfono vibró sobre la mesa. Era un mensaje de Ricardo, uno de sus compañeros, quien estaba recordándole la hora y el lugar donde se reuniría el equipo. Sebastián dejó escapar un largo suspiro mientras observaba la pantalla apagarse. Por alguna razón que no lograba explicar, tenía el presentimiento de que aquella noche sería diferente a todas las anteriores. Algo estaba a punto de cambiar. Y, aunque todavía no lo sabía, su vida jamás volvería a ser la misma.






