*1

*—Sebastián:

Todo estaba oscuro y no podía respirar.

¿Dónde estaba?

Trató de mover el cuerpo en busca de escapar de aquel lugar, pero una fuerte resistencia tiró de sus muñecas y tobillos.

Espera… ¿Acaso estaba atado?

Comenzó a forcejear con todas sus fuerzas, pero las ataduras no cedían. Tenía las manos inmovilizadas detrás de la espalda y los pies sujetos a cada lado de lo que parecía ser una silla que se sentía pesada.

Estaba sentado, pero completamente indefenso.

¿Qué diablos estaba pasando?

Sebastián Olivera apretó los ojos.

Ya que no podía ver ni moverse, se obligó a concentrarse en los demás sentidos.

El aire olía a humedad, metal oxidado, abandono y sal. A lo lejos se escuchaba el constante zumbido de maquinaria pesada y voces amortiguadas que el ruido de los motores devoraba antes de que pudiera distinguir alguna palabra.

Su corazón comenzó a acelerarse mientras comprendía poco a poco la gravedad de la situación.

¿Acaso... acaso lo habían secuestrado?

Volvió a forcejear con las muñecas y los tobillos, pero las cuerdas parecían enterrarse más en su piel. La tela que cubría su cabeza se apretaba contra su rostro y el aire comenzaba a faltarle. Sabía que parte de aquella sensación era producto del ataque de pánico que estaba empezando a dominarlo, pero eso no hacía que respirar fuera más fácil.

¿Por qué? ¿Por qué le estaba pasando esto?

Se obligó a calmarse ya que los años de entrenamiento militar le enseñaron que el miedo era un enemigo peor que cualquier arma, así que inhaló como pudo y trató de analizar el entorno.

Por el sonido, parecía encontrarse dentro de una nave industrial o un almacén de carga. El estruendo de la maquinaria, el olor a hierro y aquella mezcla de humedad con sal le hicieron pensar en los muelles. Había estado en suficientes operaciones para reconocer aquel ambiente. Sin embargo, había algo que no lograba entender.

¿Por qué estaba allí? ¿Por qué lo habían secuestrado? ¿Era una misión?

Sebastián recordaba haber participado recientemente en un rescate parecido, pero… ¿Los habían emboscado? ¿Los habían capturado? ¿Estaba su equipo allí con él?

Negó con la cabeza, incapaz de ordenar sus pensamientos, y entonces una risa rompió el silencio haciendo que todo su cuerpo se congelara.

¿Había escuchado bien?

La risa volvió a escucharse y Sebastián pudo identificarla mejor.

Era masculina, grave y llena de desprecio. Entonces se dio cuenta de algo que lo puso aún más alerta: no había estado solo en ningún momento. Debajo del desagradable olor del lugar distinguió otro aroma, uno mucho más intenso. Era el de un alfa y olía como whisky añejo mezclado con cuero.

Sebastián arrugó la nariz.

Siempre había tenido un olfato excepcional. Era un alfa dominante, el escalón más alto entre los géneros secundarios, y sus sentidos estaban entrenados para detectar cualquier amenaza. Sin embargo, ese día todo parecía algo amortiguado, como si algo estuviera bloqueando sus habilidades.

—¿Quién eres? —preguntó mientras intentaba liberar sus feromonas para intimidar al desconocido, pero no ocurrió nada. Su aroma apenas respondió y Sebastián frunció el ceño—. ¿Me drogaste? ¡Revélate, infeliz! Si de verdad eres un hombre, enfréntame como es debido —comenzó a exclamar, pero de pronto se quedó inmóvil.

¿Lo habían atacado antes? Sebastián sentía como si esto le hubiera pasado, pero no lo recordaba.

Esto no tenía sentido.

Sebastián era un alfa endurecido por la guerra. La mayoría de la gente lo pensaba dos veces antes de enfrentarlo. Había aprendido a convertir su naturaleza en un arma y, durante años, el ejército perfeccionó cada una de sus habilidades.

No había nadie que pudiera reducirlo con tanta facilidad.

—Suéltame y te enseñaré cómo se hace un secuestro de verdad —continuó Sebastián insistiendo, pero el hombre volvió a reír.

—Y yo te enseñaré que un bastardo como tú no tiene derecho a tocar lo que no le pertenece —soltó el desconocido y Sebastián frunció el ceño.

¿Tocar algo que no le pertenecía? ¿De qué demonios estaba hablando?

De repente sintió que alguien lo levantaba junto con la silla. Las cuerdas que lo sujetaban a esta desaparecieron y, un segundo después, fue arrojado con violencia contra el suelo de concreto. El impacto le arrancó el aire de los pulmones. Apenas intentó incorporarse cuando comenzaron los golpes.

Patadas. Una tras otra y dadas en varios lugares como: el abdomen, en las costillas, en los brazos, en las piernas y en la cabeza.

Cada impacto era más brutal que el anterior. Sebastián intentó cubrirse, responder o siquiera arrastrarse, pero su cuerpo simplemente no reaccionaba como debía. Era demasiado lento, demasiado débil. El dolor terminó apagando su conciencia una y otra vez hasta que todo quedó sumido en la oscuridad.

Cuando volvió en sí, sentía el cuerpo destrozado, como si un camión hubiera pasado varias veces sobre él. Ni el entrenamiento más despiadado de sus años en la milicia se comparaba con aquello. Lo más extraño era que sus músculos no respondían, era como si jamás hubiera recibido entrenamiento alguno.

¿Qué demonios le estaba pasando?

La cabeza le latía con fuerza, cada articulación ardía y el sabor metálico de la sangre inundaba su boca. Estaba tan mareado que apenas conseguía mantenerse consciente. Si tan solo pudiera ver quién era el responsable de todo aquello, pero el hombre no se había revelado.

Escuchó pasos acercándose y, al instante siguiente, alguien tiró de la tela que cubría su cabeza. La capucha salió de golpe y su nuca volvió a estrellarse contra el concreto.

Sebastián soltó un gemido de dolor.

Con la vista completamente borrosa, obligó a sus ojos a enfocar la figura que se agachaba frente a él. Poco a poco logró distinguir a un hombre rubio, de ojos azules intensos y una sonrisa tan fría como perturbadora.

Sebastián no tenía idea de quién era y eso era lo peor, porque aquel hombre lo observaba como si lo conociera desde hacía años.

—Tu única opción es desaparecer, y espero que cumplas con eso, porque, si no… —ladeó la cabeza con una sonrisa cruel—. Creo que a tu madre le va muy bien en su trabajo, pero tú no querrás que algo…—el hombre no terminó la frase, pero no hacía falta, porque Sebastián lo había comprendido.

Por primera vez en muchísimo tiempo, Sebastián sintió miedo.

Apretó los ojos con fuerza y la imagen de su madre invadió su mente. Aquella mujer que lo había criado sola después de ser abandonada por quien debía haber sido su compañero y que había trabajado hasta el agotamiento para que a él nunca le faltara nada. No, su madre no merecía aquello, él tampoco, y no iba a dejar que nadie los pisoteara.

Sebastián volvió la vista hacia el rubio.

No importaba quién fuera, lo encontraría, y cuando lo hiciera, le haría pagar hasta el último golpe.

Sin embargo, antes de que pudiera hacer algo, el mundo comenzó a girar.

Los sonidos se deformaron, la visión volvió a nublarse y la oscuridad terminó por envolverlo una vez más, mientras el rostro sonriente de aquel desconocido era lo último que veía antes de perder el conocimiento, sin imaginar que nada de aquello estaba ocurriendo realmente.

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