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*—Sebastián:

Su cuerpo se incorporó de golpe sobre la cama mientras buscaba aire desesperadamente. Su mirada recorrió la habitación en cuestión de segundos y comprobó que el almacén, el olor a humedad y sal, el hombre rubio y las ataduras habían desaparecido.

Más bien, quizá nunca habían estado allí.

Sebastián alzó una mano y se la pasó por el rostro empapado en sudor mientras su corazón seguía golpeando con fuerza contra el pecho.

—¡Demonios!

Otra vez la maldita pesadilla.

Un suspiro cansado escapó de sus labios y volvió a dejarse caer sobre el colchón, cubriéndose los ojos con el antebrazo.

Estaba harto de aquel sueño o mejor dicho pesadilla que siempre era la misma. Sebastián sentía las mismas sensaciones, el mismo miedo, la misma voz amenazando a su madre y la misma impotencia de no poder defenderse.

Desde que había participado en el rescate de aquel joven omega, su mente parecía haberse empeñado en torturarlo noche tras noche. No tenía idea de quién era el hombre que aparecía en sus sueños, qué era aquello que supuestamente había tomado y que no le pertenecía, ni por qué amenazaba a su madre.

No entendía absolutamente nada.

Lo más lógico era pensar que se trataba de recuerdos mezclados, fragmentos de antiguas misiones combinados con el estrés del rescate más reciente, pero, por mucho que intentaba convencerse de ello, en el fondo de su ser sentía que aquello era diferente. Había algo demasiado real en esa pesadilla, como si perteneciera a una parte de su vida que su memoria insistía en mantener enterrada.

Sebastián se levantó de la cama y caminó hasta el cuarto de baño contiguo.

Se detuvo frente al lavabo, abrió el grifo y dejó que el agua fría llenara sus manos antes de llevarlas al rostro. Repitió el movimiento varias veces, dejando que el frío despejara la pesadez de su mente y calmara el acelerado latido de su corazón.

Solo cuando sintió que podía respirar con normalidad levantó la vista hacia el espejo.

El reflejo le devolvió la imagen de un hombre agotado, marcado por una vida de la que apenas recordaba los últimos ocho años de sus treinta y ocho.

Sus ojos color miel ascendieron hasta la cicatriz que cruzaba el lado izquierdo de su frente, extendiéndose desde la sien hasta casi la oreja. La piel seguía ligeramente abultada, recordándole cada día la misión fallida que casi le había arrebatado la vida.

Sebastián había olvidado muchas cosas después de aquel accidente.

No iba a mentir que estaba en blanco por completo, pero había mucha información de si mismo que no recordaba. Parte de su infancia, de su adolescencia y de su adultez estaban perdidas en alguna parte de su ser. Todo lo que conocía sobre sí mismo provenía de la gente a su alrededor, como su madre, sus amigos y algunos antiguos compañeros, quienes le habían hablado de él después de despertar en un hospital sin memoria.

Desde entonces había intentado reconstruir su vida pieza por pieza, incluso hasta había abandonado la milicia porque ya no se sentía apto para continuar, pero era difícil avanzar cuando cada paso estaba lleno de preguntas que nadie parecía dispuesto a responder.

Estaba tratando de investigar todo lo referente a su pasado, pero las respuestas eran mínimas y parecía como si estuvieran negados a darle lo que quería. Sin embargo, había muchas cosas a su alrededor que le decían que tuvo una vida un tanto extraña. Además, en su piel llevaba huellas de su pasado que de alguna manera debía de tener algún significado y que no podía ignorar.

Sebastián bajó la mirada hasta el tatuaje de su antebrazo, la cual era otra de esas incógnitas que lo perseguían desde hacía años.

Giró lentamente el brazo mientras volvía a observar las líneas y estrellas negras que formaban una figura geométrica. Eran constelaciones y Sebastián había investigado lo suficiente para descubrir que pertenecían al zodiaco. Una era Piscis, su signo, pero la otra era Libra.

Aquel tatuaje no encajaba en absoluto con la imagen de un alfa endurecido por la guerra y las cicatrices, pero el desgaste de la tinta dejaba claro que llevaba muchos años sobre su piel. Incluso en fotografías de sus primeros años como militar el tatuaje ya estaba allí.

Sebastián no entendía cuál era su significado, porque…

¿Quién demonios era Libra?

Sebastián nunca había creído en horóscopos ni en esas cosas, por lo que resultaba todavía más extraño haber decidido grabarse aquello en la piel. Lo único que sabía era que la persona con la que había mantenido una relación antes de la misión en la que perdió la memoria no era Libra, así que aquel segundo signo seguía siendo un misterio sin respuesta.

Suspiró y dejó caer el brazo, pero aquella no era la única marca de su cuerpo que no lograba comprender.

Sebastián se giró frente al espejo para observar el enorme tatuaje que cubría casi toda su espalda.

Un ángel de grandes alas se extendía desde los hombros hasta el borde de sus nalgas con un nivel de detalle impresionante. Debía haber dolido una eternidad porque era imposible terminar una pieza semejante en una sola sesión.

Tampoco recordaba cuando se lo hizo y mucho menos cuál había sido la razón para elegir este diseño. Cuando había preguntado a sus antiguos compañeros, todos coincidían en lo mismo: siempre lo había tenido, que había entrado con el tatuaje a medias a la milicia y que lo había terminado en sus primeros años sirviendo.

Era otra parte de una vida que no recordaba y que parecía ser otra cosa más desconocida.

Sebastián dejó escapar otro suspiro mientras se desnudaba y se metía en la ducha.

Estaba cansado, cansado de no recordar, de depender de los recuerdos ajenos para saber quién era y de sentir que todos ocultaban algo.

Su psiquiatra insistía en que su mente había bloqueado aquellos recuerdos para protegerlo de un trauma demasiado grande, pero él ya estaba harto de vivir entre sombras. Quería saber quién había sido, qué había dejado atrás y por qué parecía haber tantas personas empeñadas en impedir que lo descubriera.

Cada vez que le preguntaba a su madre sobre su pasado, ella respondía con la misma frase: si lo había olvidado, era porque así lo había querido el destino. Sus amigos de la milicia, con quienes ahora trabajaba en la empresa de seguridad, aseguraban conocer muy poco sobre su vida antes del ejército y que siempre había sido reservado.

El único de sus amigos que parecía saber la verdad era Charles Dunn, el hombre que había comandado el escuadrón militar al que Sebastián perteneció antes de la misión fallida que lo obligó a abandonar el ejército. Sin embargo, Charles respondía exactamente igual que su madre: si había olvidado su pasado, era porque una parte de él había decidido hacerlo.

Pero ¿y si esa parte de él ya no existía? ¿Y si el Sebastián que despertó en aquel hospital necesitaba conocer la verdad para poder seguir adelante?

Era injusto. Lo que Charles y su madre hacían era muy injusto.

Sin embargo, recientemente, había descubierto que existía otra persona que parecía saber quién era.

Sebastián alzó la cabeza y dejó que el agua helada del grifo golpeara su rostro unos segundos más, intentando ahogar el recuerdo de la pesadilla.

Esa persona que lo conocía a diferencia de su gente, era Dante Delacroix. El poderoso alfa al que había ayudado para recuperar a su compañero de vida después de que este fuera secuestrado por un grupo de criminales.

La primera vez que lo vio fue en un club nocturno donde había trabajado como guardia de seguridad durante un evento privado. Había sucedido un percance y había creído que ese hombre estaba maltratando a uno de los empleados, para descubrir que era el dueño y que la otra persona era su pareja. El momento había quedado atrás porque cuando Sebastián lo vio, sintió un vuelco extraño en el pecho.

Durante un instante creyó que se trataba de atracción, pero cuanto más lo observaba, más comprendía que aquello era algo completamente distinto. Era una sensación de familiaridad, como si conociera a Dante desde hacía años, como si una parte olvidada de su vida despertara cada vez que lo tenía delante.

Después de aquel encuentro en el club nocturno comenzaron los sueños. En ellos aparecía Dante mucho más joven. Ambos reían, caminaban uno al lado del otro, compartían conversaciones que Sebastián no alcanzaba a escuchar y disfrutaban de una juventud que él no recordaba haber vivido. Aquellos sueños parecían recuerdos, demasiado nítidos para ser simples invenciones de su mente.

Sebastián había intentado acercarse al influyente empresario para exigirle respuestas, tratando de obtener su contacto, pero Charles se negó rotundamente a facilitarle la información de un cliente de la agencia. Además, los clubes nocturnos de Dante eran extremadamente exclusivos y el acceso estaba reservado para personas con invitación.

El único establecimiento abierto al público era Dove, un pequeño bar que pertenecía a la misma cadena de lugares de diversión, y donde podía entrar su género sin membresía. Sebastián había comenzado a frecuentar el bar con sus amigos con la esperanza de encontrárselo por casualidad. Sin embargo, Dante era un hombre inmensamente rico y ocupado, por lo que no pudo volver a verlo.

Hasta que ocurrió aquel secuestro.

Salió del baño completamente aseado, con una toalla rodeándole la cintura, y caminó hasta el armario de su habitación.

Uno de sus compañeros de la empresa de seguridad había resultado gravemente herido durante una operación cuando un grupo de criminales atacó al protegido que escoltaba, quien curiosamente era el compañero de vida de Dante Delacroix. Aquel incidente obligó a Sebastián a participar en el rescate y le dio una nueva oportunidad de estar frente al hombre que aparecía una y otra vez en sus sueños.

Sin embargo, el resultado fue exactamente el mismo. Dante tampoco quiso responder ninguna de sus preguntas. Se limitó a observarlo con una mezcla de tristeza y culpa antes de desviar la conversación, como si conocer la verdad fuera algo que Sebastián aún no debía hacer.

Era como si todos estuvieran programados para ocultarle su propio pasado.

Aun así, Sebastián no pensaba rendirse.

Era paciente cuando hacía falta y extremadamente persuasivo cuando una respuesta se le escapaba entre los dedos. Dejaría que Dante disfrutara de unos días de tranquilidad después de haber recuperado a su compañero embarazado, pero una vez todo se calmara volvería a buscarlo y esta vez no aceptaría evasivas.

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