El trayecto de regreso a la mansión fue un desierto de palabras. El Mercedes se deslizaba por las calles empedradas de Zúrich como un espectro negro, cortando la neblina que se aferraba al asfalto. En el asiento trasero, Isabella sostenía la cabeza de Tomás sobre su regazo. El olor en el habitáculo era una mezcla sofocante de cuero caro, pólvora residual y el aroma metálico, dulce y denso de la sangre que empapaba la ropa de su hermano.
Tomás respiraba con dificultad; un silbido ronco escapaba