Zúrich, vista desde las alturas de la Torre Kaelin, no parecía una ciudad, sino un organismo vivo de cristal y acero que respiraba bajo una mortaja de niebla perpetua. En el último piso, donde el aire acondicionado siseaba con una monotonía quirúrgica, un hombre permanecía inmóvil frente a una constelación de monitores de ultra alta definición. Se hacía llamar el Archivero. Su silueta, recortada contra el resplandor azulado de las pantallas, emanaba una calma y un cinismo que solo poseen aquell