El silencio en la mansión de Zúrich era una entidad pesada, casi física, interrumpida únicamente por el rítmico pitido de los monitores en el ala médica. El aire olía a una mezcla contradictoria de lavanda fresca y desinfectante hospitalario. Isabella se encontraba en el baño de la planta baja, con la mirada perdida en el chorro de agua fría que caía sobre sus manos. El agua se teñía de un rosa pálido antes de desaparecer por el sumidero, llevándose consigo los últimos restos de la sangre de To