El desierto de Kandahar no perdonaba. A tres mil pies de altura, el interior del MH-60M Little Bird vibraba con una intensidad que hacía castañear los dientes. Scott Walton, sentado en el borde, observaba el terreno a través de sus gafas de visión nocturna. El mundo era un lienzo de sombras verdes y grises. A su lado, Rocco y Darius revisaban sus dispositivos térmicos en un silencio sepulcral. Samuel, en el extremo opuesto, apretaba su fusil con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos, mi