Mientras las llamas del aserradero en Zúrich se reflejaban en los ojos gélidos de Isabella, a miles de kilómetros de distancia, el cielo se teñía de un rojo diferente. No era el carmín de un atardecer suizo, sino el resplandor de las trazadoras y el polvo asfixiante de una zona en conflicto en Oriente Medio. El aire aquí no olía a chocolate y nieve, sino a azufre, metal quemado y el miedo rancio que se queda pegado a la piel después de horas de combate urbano.
Nick se encontraba agazapado tras