El segundo día comenzó con una luz pálida filtrándose por las persianas del apartamento de Nueva York. Nick despertó primero. El dolor en sus costillas era un recordatorio punzante de la bofetada de realidad que Giuseppe le había propinado, pero no era nada comparado con el vacío abismal que sentía en el pecho al ver a Isabella durmiendo a su lado. Su cabello castaño claro estaba desparramado sobre la almohada, y su rostro, incluso en sueños, mantenía una expresión de angustia contenida.
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