El aire en el apartamento de Nick se sentía espeso, cargado con el olor metálico de la sangre fresca, el aroma aséptico de los desinfectantes y el peso insoportable de un destino que acababa de cerrarse sobre ellos como una trampa para lobos. Las luces de la ciudad de Nueva York, que siempre habían parecido prometedoras desde esos ventanales, ahora parpadeaban como ojos distantes e indiferentes ante la tragedia que se desarrollaba en el interior.
Isabella, con el rostro pálido pero la mirada en