El claxon destrozado del sedán sonó como un último estertor animal frente a los portones de hierro forjado. Dentro del vehículo, Sebastián, con los dedos entrelazados en el volante empapado de carmesí, inclinó la frente sobre el sonido, creando un lamento débil y prolongado que hendió la noche.
Alessandra, en la biblioteca, sintió el sonido antes de comprenderlo. Corrió. La escena en el patio iluminado por los faroles fue un golpe físico: el auto, la puerta abierta, el reguero oscuro que brillaba en el pavimento. Un grito se le escapó, corto y afilado. Los guardias ya se movían. Al abrir la puerta del conductor, el cuerpo de Sebastián se desplomó hacia afuera, atrapado al borde del abismo por brazos firmes.
— ¡Rápido! ¡Llévenlo con el doctor! —ordenó Alessandra, su voz un agudo de desesperación.
Cuatro hombres lo cargaron. Las botas resonaron sobre el mármol blanco del pasillo principal, dejando un rastro de gotas gruesas que pintaban un mapa de urgencia hacia el ala privada de la man