El claxon destrozado del sedán sonó como un último estertor animal frente a los portones de hierro forjado. Dentro del vehículo, Sebastián, con los dedos entrelazados en el volante empapado de carmesí, inclinó la frente sobre el sonido, creando un lamento débil y prolongado que hendió la noche.
Alessandra, en la biblioteca, sintió el sonido antes de comprenderlo. Corrió. La escena en el patio iluminado por los faroles fue un golpe físico: el auto, la puerta abierta, el reguero oscuro que brillab