El invierno en Zúrich era una sentencia de aislamiento. La ciudad, con su arquitectura gótica y sus calles adoquinadas perfectamente barridas de nieve, se sentía como un quirófano: limpia, fría y carente de alma. Isabella bajó del vehículo blindado frente al Baur au Lac, sintiendo que el aire gélido le cortaba la respiración, un recordatorio de que Nueva York y el calor de los brazos de Nick ya no eran más que un eco lejano.
A su lado, Carter y Arthur flanqueaban su paso con una precisión mecán