El vestíbulo de la agencia estaba sumido en una actividad frenética, pero el aire pareció congelarse cuando Nick Walton cruzó las puertas automáticas. No era el agente impecable que todos recordaban; era una visión de caos. Con la ropa táctica todavía impregnada del olor a pólvora y los ojos inyectados en sangre, avanzó con una determinación suicida. Los guardias, que normalmente habrían exigido credenciales, se hicieron a un lado por puro respeto y temor. Era el hijo del director, sí, pero tam