El vestíbulo de la agencia estaba sumido en una actividad frenética, pero el aire pareció congelarse cuando Nick Walton cruzó las puertas automáticas. No era el agente impecable que todos recordaban; era una visión de caos. Con la ropa táctica todavía impregnada del olor a pólvora y los ojos inyectados en sangre, avanzó con una determinación suicida. Los guardias, que normalmente habrían exigido credenciales, se hicieron a un lado por puro respeto y temor. Era el hijo del director, sí, pero también era la leyenda de las misiones imposibles, y en ese momento, parecía un hombre que no tenía nada que perder.
Carter y Arthur lo seguían de cerca, flanqueándolo como dos sombras de guerra. Al llegar al despacho principal, Nick ni siquiera llamó. Empujó las puertas dobles de roble con una violencia que las hizo golpear contra las paredes.
Dentro, el silencio era denso. Scott Walton estaba de pie tras su escritorio de cristal, con Darius Coleman a su lado revisando unos informes. Scott alzó la