Mientras Tomás y Steve se debatían por un puesto en la vida de Isabella, en Nueva York el dueño del corazón de la Reina se encontraba en la oscuridad de su apartamento. La habitación de Nick no estaba vacía; estaba poblada de fantasmas. El silencio solo era interrumpido por el goteo rítmico de la lluvia contra el cristal y el zumbido lejano del tráfico de Manhattan. Estaba tendido sobre la cama, con la ropa táctica todavía puesta pero desabrochada, como un guerrero que no termina de desarmarse