El edificio principal de la Universidad de Zúrich se alzaba con una solemnidad gótica que intimidaba a cualquiera, excepto a alguien que hubiera crecido en los palacios de la ’Ndrangheta. El aire de la mañana era un cristal helado que pinchaba los pulmones, con un aroma persistente a pino húmedo y café recién molido que emanaba de las cafeterías cercanas.
Isabella Moretti no llegó en bicicleta ni con una mochila desgastada. Un Mercedes negro blindado se detuvo frente a la escalinata de piedra.