El aula magna de la Universidad de Zúrich exhalaba un aire de solemnidad casi religiosa. Las hileras de madera oscura, talladas por el tiempo, estaban ocupadas por los herederos de las fortunas más grandes de Europa, pero esa mañana, toda la atención se centraba en un solo punto: el podio central. El profesor Steiner, un hombre cuya reputación en el Derecho Internacional era tan sólida como los Alpes, había lanzado una pregunta que había encendido un debate feroz sobre la soberanía de los Estad