Dentro de la tienda, un hombre de aspecto anodino los esperaba con varias cajas listas. Todo parecía normal. Demasiado normal. El aire olía a cartón nuevo y plástico, una calma artificial que incomodaba. Mientras los guardias comenzaban a cargar las cajas en el maletero, Isabella observó al hombre. Sudaba. Gotas finas resbalaban por su sien. Su mirada no se posaba en ningún sitio, revoloteando hacia la puerta cada pocos segundos.
—Sebastián —murmuró Isabella, retrocediendo un paso—. Apúrate.
Se