Dentro de la tienda, un hombre de aspecto anodino los esperaba con varias cajas listas. Todo parecía normal. Demasiado normal. El aire olía a cartón nuevo y plástico, una calma artificial que incomodaba. Mientras los guardias comenzaban a cargar las cajas en el maletero, Isabella observó al hombre. Sudaba. Gotas finas resbalaban por su sien. Su mirada no se posaba en ningún sitio, revoloteando hacia la puerta cada pocos segundos.
—Sebastián —murmuró Isabella, retrocediendo un paso—. Apúrate.
Sebastián captó la tensión en su voz.
—Termina ya —le espetó al hombre.
Fue entonces cuando el sonido llegó. No disparos al principio, sino el rugido sordo de motores acelerando a fondo. El asfalto vibró. Dos camionetas negras tomaron la curva de la calle como bestias desbocadas, sus ventanas bajándose al mismo tiempo.
— ¡Abajo! —gritó Sebastián, empujando a Isabella hacia atrás mientras desenfundaba su arma.
El mundo estalló.
Cristales volaron, el aire se llenó de pólvora, metralla y estruendo. L