…Ese silencio se rompió con el sonido de unos cerrojos.
Santoro y Vittoria retrocedían hacia una puerta trasera, la salida de emergencia. Santoro disparaba a ciegas con una pistola en la mano izquierda, su brazo derecho aún inútil. Vittoria, cojeando, arrastraba una pierna herida por la metralla.
— ¡Van a seguir huyendo como ratas! —vociferó Stefano, apuntando.
Giuseppe levantó una mano, deteniéndolo. Avanzó hasta quedar a cinco metros de ellos. La lluvia entraba por un ventanal roto, empapando su sombrero y hombros. No parecía importarle.
—ALFONSO —grito Giuseppe, con una calma aterradora—. Hace treinta años, te arrodillaste ante mi padre y juraste lealtad. Tu sangre era nuestra sangre.
Vittoria escupió al suelo, una mezcla de saliva y sangre.
—Tu padre era un débil. Y tú… eres un dinosaurio. Este mundo ya no es de Dones, Giuseppe. Es de tiburones.
—Quizás —asintió Giuseppe, jugueteando con el bastón—. Pero los dinosaurios… sabemos cómo extinguir especies. —Su mirada se posó en Santo