Mientras los chicos afianzaban lazos en el paraíso de Bora Bora…
En la oficina privada del Club Vendetta olía a cigarros cubanos, whisky caro y odio rancio. Las cortinas de terciopelo rojo estaban semi-cerradas, filtrando la luz grisácea de la tarde neoyorquina en franjas sangrientas sobre la alfombra persa. Santoro, con el brazo en cabestrillo y un moretón violáceo en la sien, miraba por la ventana como si pudiera incendiar la ciudad con la mirada. Detrás de él, en un sillón de cuero, Alfonzo Vittoria limpiaba metódicamente un cuchillo de caza con un paño de lino.
—Sasha era un títere útil y muy buena en la cama —dijo Vittoria, sin levantar la vista—. Pero los títeres cuyos hilos se enredan con sentimientos… se convierten en lastre. Su obsesión con Walton la cegó.
Santoro se volvió, los ojos inyectados en sangre.
—Esa “obsesión” casi nos entrega a Isabella Moretti en bandeja. Y a Nick, listo para el degüello. Ahora está muerta, y nosotros, acorralados como ratas.
Vittoria dejó el cuc