Mientras los chicos afianzaban lazos en el paraíso de Bora Bora…
En la oficina privada del Club Vendetta olía a cigarros cubanos, whisky caro y odio rancio. Las cortinas de terciopelo rojo estaban semi-cerradas, filtrando la luz grisácea de la tarde neoyorquina en franjas sangrientas sobre la alfombra persa. Santoro, con el brazo en cabestrillo y un moretón violáceo en la sien, miraba por la ventana como si pudiera incendiar la ciudad con la mirada. Detrás de él, en un sillón de cuero, Alfonzo