Habían transcurrido dos semanas desde que los chicos llegaron a la isla. Nick preparó una cena sorpresa en el pequeño muelle privado de su bungalow. Una manta, unas velas protegidas del viento y la cena que había aprendido a hacer: poisson cru. Comieron con los dedos, riéndose de sus torpezas, y cuando la última luz del crepúsculo se fundió en una noche estrellada de una claridad asombrosa, se recostaron juntos a mirar el cielo.
—En Nápoles —murmuró Isabella, con la cabeza apoyada en el hombro