Habían transcurrido dos semanas desde que los chicos llegaron a la isla. Nick preparó una cena sorpresa en el pequeño muelle privado de su bungalow. Una manta, unas velas protegidas del viento y la cena que había aprendido a hacer: poisson cru. Comieron con los dedos, riéndose de sus torpezas, y cuando la última luz del crepúsculo se fundió en una noche estrellada de una claridad asombrosa, se recostaron juntos a mirar el cielo.
—En Nápoles —murmuró Isabella, con la cabeza apoyada en el hombro de él—, las estrellas se ven tímidas, como si les diera vergüenza brillar. Aquí… es como si el universo entero se desnudara para nosotros.
Nick la rodeó con el brazo, trazando círculos lentos en su hombro.
—¿Y qué le pides al universo desnudo?
Ella guardó silencio un largo momento.
—Que esto no sea solo un respiro. Que sea el prólogo de todo.
Él se inclinó y besó su frente, un gesto que ya se estaba volviendo un ritual, un sello de propiedad dulce y protector.
—Lo será. Yo lo haré ser.
Más tarde