La madrugada envolvía el apartamento de Nick en un silencio denso, solo roto por el leve zumbido de la nevera. Carter, Arthur y Rocco se habían despedido con advertencias sombrías y puños de ánimo. Nick cerró la puerta y se apoyó contra ella, sintiendo por primera vez desde Alaska el peso total del agotamiento, no solo físico, sino del alma.
Metió la mano en el bolsillo. Saco el celular, la pantalla iluminó su rostro cansado con un mensaje de Isabella.
Isabella: “Avísame cuando estés en casa. Ten mucho cuidado. Te amo.”
Una oleada de ternura y de una protección feroz lo atravesó. Quería llamarla, escuchar su voz, asegurarse una vez más de que estaba a salvo. Pero el reloj marcaba las 2:17 a.m. Ella debía estar dormida, o intentándolo. No quería despertarla, ni alimentar sus miedos con la tensión que aún resonaba en su propia voz. Envió un breve mensaje, “En casa. Todo bien. Te amo más.”.
Camino a la habitación, entro al baño despojándose de toda la ropa. La ducha nocturna fue un inten