El viaje en el sedán negro fue silencioso y opresivo. Nick, con las esposas mordiendo sus muñecas, no dijo una palabra. Observaba por la ventana, memorizando giros, calles, cualquier detalle útil. Pero pronto, los rascacielos dieron paso a zonas industriales en decadencia, y el olor a sal y agua estancada se filtró por las ventanas. Los muelles.
El auto se detuvo frente a un galpón enorme, de metal corroído y ventanas sucias. No había placas, ni logotipos. Solo desolación. Myers salió primero, y dos de sus hombres sacaron a Nick del auto con brusquedad. La puerta del galpón se abrió con un chirrido fantasmal, revelando un interior cavernoso, iluminado solo por focos colgantes que proyectaban sombras danzantes. El aire olía a aceite, a podrido y a miedo.
Empujaron a Nick hacia el centro, donde una silla de metal oxidada esperaba. Lo obligaron a sentarse y esposaron sus muñecas a los brazos de la silla. El frío del metal se le clavó a través de la ropa.
Myers se paseaba frente a él, qui