El viaje en el sedán negro fue silencioso y opresivo. Nick, con las esposas mordiendo sus muñecas, no dijo una palabra. Observaba por la ventana, memorizando giros, calles, cualquier detalle útil. Pero pronto, los rascacielos dieron paso a zonas industriales en decadencia, y el olor a sal y agua estancada se filtró por las ventanas. Los muelles.
El auto se detuvo frente a un galpón enorme, de metal corroído y ventanas sucias. No había placas, ni logotipos. Solo desolación. Myers salió primero,