La oscuridad era absoluta, densa y opresiva. Isabella recuperó la conciencia con un dolor punzante en la sien, donde el golpe había encontrado su blanco. Un sabor a sangre y tierra seco le cubría la boca. Intentó moverse, pero sus manos estaban atadas a la espalda con bridas de plástico que se clavaban en sus muñecas. Una capucha áspera de tela le cubría la cabeza, limitando su respiración a un espacio viciado y polvoriento.
A través de la tela, le llegaban sonidos: el crujir de botas sobre cemento, respiraciones agitadas y, de repente, un golpe sordo, seguido de un gruñido de dolor. Strauss. Su corazón se encogió. Habían logrado llevarse a los dos.
— ¿Crees que es fácil librarte de todo lo que haces, niño bonito? —oyó decir a una voz áspera, burlona—. ¿Ahora qué vas a hacer sin tus perros guardianes y sin tu papi limpiando tus mierdas?
Isabella forcejeó contra sus ataduras, la impotencia ahogándola. Escuchó la respuesta de Strauss, su voz distorsionada por la tela pero impregnada de