La oscuridad era absoluta, densa y opresiva. Isabella recuperó la conciencia con un dolor punzante en la sien, donde el golpe había encontrado su blanco. Un sabor a sangre y tierra seco le cubría la boca. Intentó moverse, pero sus manos estaban atadas a la espalda con bridas de plástico que se clavaban en sus muñecas. Una capucha áspera de tela le cubría la cabeza, limitando su respiración a un espacio viciado y polvoriento.
A través de la tela, le llegaban sonidos: el crujir de botas sobre cem