La mañana llegó con la luz pálida de Nueva York filtrándose por las persianas del departamento, un sustituto pálido del sol glorioso de Alaska. Nick e Isabella se despertaron entrelazados, pero la sombra de la visita de Scott era una presencia tangible en la habitación silenciosa. Sin palabras, se aferraron el uno al otro por un largo minuto, respirando en sincronía, recuperando el terreno común que la ira del patriarca había intentado fracturar.
La ducha matutina fue un refugio de vapor y contacto silencioso. Bajo el agua caliente, Nick lavó el cabello de Isabella con una dedicación casi reverencial, mientras ella trazaba las líneas de los músculos de su espalda, como si pudiera borrar la memoria del golpe. Fue un ritual de reafirmación, no de pasión.
Vestidos con ropa de universidad, él con un suéter negro y jeans, ella con un vestido de lana sencillo pero elegante y botas, compartieron una taza de café en la isla de la cocina.
—Me estoy acostumbrando a este café —confesó, tomando u