El silencio que siguió a la declaración de Isabella era denso, cargado con el peso de una verdad que ahora flotaba tangible en jardín de la mansión Moretti. Giuseppe fue el primero en moverse. Con una solemnidad que parecía añadir años a su ya imponente figura, se acercó a Strauss y luego a Nick.
—Strauss —comenzó, su voz grave temblaba ligeramente, no por miedo, sino por una furia contenida y una preocupación profunda—. Gracias por cuidar de mi hija y traerla a salvo a casa. Les pido disculpas. —Su mirada se posó en Nick, y no había reproche, solo un reconocimiento sombrío—. Necesito hacer una llamada. Con mis… socios. Esto ya no es un asunto de negocios o de rivalidades de campus. Alguien cruzó una línea, y deben entender que las líneas, una vez cruzadas, tienen consecuencias.
Giuseppe no esperó respuesta. Con un último beso en la frente de Isabella y una inclinación de cabeza hacia los demás, se retiró hacia su estudio, la puerta cerrándose tras él con un sonido final. El mensaje e