El cielo de la ciudad se teñía de tonos violetas cuando Aelin despertó aquella mañana con un presentimiento clavado en el pecho. No era ansiedad, ni miedo. Era una llamada silenciosa. Como si algo invisible la estuviera empujando hacia una dirección que no podía ignorar.
—¿Tienes una reunión esta mañana? —preguntó Darian, colocándose la camisa frente al espejo.
Aelin se sentó en el borde de la cama, aún en bata de seda negra, y negó con la cabeza.
—No. Pero necesito ir al antiguo apartamento. E