La medianoche se deslizaba lenta sobre la mansión Belmonte.
El tic-tac del reloj era el único sonido que acompañaba a Adrián en su despacho. Frente a él, una copa de vino reposaba a medio terminar, y los documentos esparcidos sobre el escritorio se habían vuelto un simple fondo borroso, opacado por los pensamientos que no lo dejaban en paz.
Había querido creer que los rumores eran solo eso: murmullos sin sentido.
Pero la imagen de Miranda sonriendo junto a otro hombre, evocada por las palabras