El silencio se quedó flotando en el aire mucho después de que la puerta se cerrara. Miranda seguía de pie, inmóvil, con la mano aún apoyada en el pomo, mirando la madera como si esperara que Adrián volviera a aparecer en cualquier momento. Pero no lo hizo. Su perfume —ese inconfundible aroma entre cedro y bergamota— aún impregnaba la sala, mezclado con el leve olor del café que Javier había servido minutos antes.
El abogado la observaba con una mezcla de incomodidad y preocupación. Había presen