El camino de regreso a la ciudad se extendía como una línea interminable de asfalto bajo el gris del atardecer. Adrián conducía sin prisa, con el ceño fruncido y los dedos apretando el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Su respiración era controlada, casi artificial, como si cada exhalación contuviera una tormenta. A cada kilómetro repasaba lo que había visto en la pequeña casa: el rostro de Miranda, la sorpresa en sus ojos, la presencia del abogado junto a ella. Esa imagen