Miranda sostuvo su mirada unos instantes. No podía desafiarlo abiertamente, no todavía. Su seguridad dependía de cada palabra medida, de cada pausa calculada. Entonces lo dijo:
—Lo pensaré.
Lo pensaré. Dos palabras que sabía que él odiaría. Dos palabras que no eran una aceptación ni un rechazo, sino un muro invisible. Era la única forma que tenía de recordarle que aún conservaba un espacio de decisión, aunque pequeño, aunque precario.
Mientras lo veía apretar la mandíbula, Miranda escondió una