Desde el accidente, Adrián había aprendido una verdad incómoda: la fragilidad lo acechaba. Aquella caída —ese golpe que le robó recuerdos, que lo dejó con lagunas donde antes había certezas— lo obligó a construir un mundo rígido, hecho de reglas que solo él dictaba. Perder el control una vez había sido suficiente para que jurara nunca más ceder nada a la casualidad. Desde entonces, cada aspecto de su vida estaba calculado: los negocios, los empleados, los horarios, hasta las conversaciones. Tod