El puerto de Varna, en la costa del Mar Negro, era un nido de actividad ilícita. Dimitri lideró a su pequeño equipo de élite de la Bratva a través de las redes de alcantarillado, utilizando la cobertura de la noche y el ruido de la actividad portuaria.
Valentina no estaba con ellos en la infiltración. Cumpliendo su promesa, había establecido su puesto de mando digital en un almacén abandonado a tres kilómetros del puerto, rodeada por la guardia personal de Dimitri y conectada directamente a su comunicador cifrado.
—Estoy viendo cinco patrones de patrulla y un punto ciego cerca del muelle tres. Es tu única ventana, Pakhan —susurró Valentina a través del canal, su voz era la calma en medio de la tormenta.
—Recibido, malysh. No te muevas. Si te detectan, te largas antes de que yo lo sepa —ordenó Dimitri. La cautela era tan intensa que casi superaba su concentración en la misión.
Dimitri y sus hombres se movieron con la precisión de depredadores. El objetivo era doble: los depósitos de co