Odessa no era un refugio, sino una fortaleza. Dimitri activó viejas conexiones de la Bratva Italiana, hombres que habían jurado lealtad a su tío y que ahora respetaban al nuevo Pakhan. El escondite era una casa de seguridad en las afueras, vigilada por hombres leales a la hermandad.
La seguridad era máxima, pero la tensión entre Dimitri y Valentina era una batalla silenciosa.
—No saldrás de aquí, Valentina. Usarás las comunicaciones, pero no arriesgarás tu vida —ordenó Dimitri, su tono no era negociable.
—¡Soy una Vieri! ¡Y soy tu arma más potente! No me encerrarás como a una prisionera de porcelana —replicó Valentina, frustrada.
—¡Ya no eres solo tú! —espetó Dimitri, bajando la voz al nivel de un gruñido—. Nikolai está ciego de rabia. La guerra es personal. Si te tocan, me tocan, y tocan al único futuro que tengo.
Valentina entendió que el secreto del embarazo lo había transformado, convirtiéndolo de un hombre de venganza en un protector obsesivo. Ella usó esa misma obsesión para man