Era más fácil cuando nos quedábamos en casa en vez de salir y exhibirnos. Me ponía nerviosa porque ya no existía eso de fingir ser algo. Ahora lo era y el peso era enorme, más de lo que me había imaginado.
Massimo me había dicho que iríamos a la ópera.
—¿Adónde? —le pregunté.
—A La Scala. La «novia» de Torriani canta. Envió las invitaciones. Es más como un desfile político.
—¿Y qué se supone que haga?
—Solo ir conmigo.
¡Bien! No tenía idea quién era Torriani, ni La Scala, ni la ópera. Pero al p