Las cortinas detrás de nosotros se movieron y apareció la cara desencajada del tal Vicenzo. Tenía pánico.
—Señor Galli —tartamudeó—. Yo no tenía idea…
Massimo se volteó y lo fulminó con la mirada.
—Basta —ordenó y el calvo desapareció tan rápido como había llegado.
—¿Qué pasa? —susurré.
—Nada.
Nada no, algo pasaba. Tenía la misma apariencia que cuando lo conocí: una estatua. Y no era por Puccio. Cuando se enfrentaban o se cruzaban, los dos ponían actitud de perro a punto de atacar.
Se quedó