Llegué al Dollhouse con la cabeza caliente. Alessandro me esperaba en la entrada.
—¿Dónde está? —le pregunté.
—Mesa del fondo. Llegó hace una hora, pidió una botella de Macallan y se instaló como si fuera suyo.
—¿Con cuántos?
—Dos. Caras nuevas.
Caminé hacia adentro. Los clientes me vieron de reojo, algunos reconocieron mi cara y se pusieron nerviosos. La música seguía sonando pero el ambiente cambió cuando me vieron pasar.
Puccio estaba exactamente donde Alessandro había dicho. Sentado cómodo,