Dos días con Galli y ya me estaba jugando la cabeza.
Puccio se sentó conmigo a propósito. A hacerse el galán, como si yo no hubiera pasado los últimos dos años sacándome de encima a tipos así en el bar donde trabajaba. Con ese aire sobrador, la sonrisa macabra y los ojos creyéndose «Brad Pitt».
Y después trató de emborracharme con tequila. De verdad, esos tipos eran muy buenos disparando, pero lentos pensando. No iba a jugar el papel de mosquita muerta, encima, se puso a hablar de cosas sobre M