Su expresión cambió por completo.
—Ya lo sé —siguió—. Me di cuenta cuando te vi meterte en lo que no te importa. La mayoría habría corrido.
—A lo mejor soy tonta.
—Puede ser —dijo, pero su voz sonaba diferente.
Eso era exactamente lo que me confundía de Massimo, esos cambios. Por momentos era el mafioso asesino y por momentos, alguien que luchaba por salirse del traje.
—¿Qué? —le pregunté.
—Nada —dijo, volviendo a ser él—. Terminemos esto. Es tarde.
De nuevo a seguirlo como un perro. Alessandro