Me desabroché el saco y lo dejé sobre una silla, de esas de plástico. Me aflojé la corbata, me estaba muriendo de calor. Me estaba quemando vivo por su culpa. Después, el cinturón.
—¿Massimo? —se asustó cuando me vio hacer eso—. ¿Qué estás haciendo?
—Te ríes con idiotas. Desprecias mis regalos. Me tratas como porquería y te encuentro jugando a la mujer fatal en el patio de mi casa, en mi cumpleaños, Victoria.
Por cada palabra que decía daba un paso en su dirección.
—Ya te dije que no soy una co