Isabella deambulaba por los pasillos como un fantasma, otro más. Compartíamos el mismo dolor, pero distinto. No podía imaginarme lo que sentía, Massimo había sido todo su mundo. Tenía que obligarla a desayunar, a comer, a vivir.
Una tarde, la encontré en el jardín, mirando el césped empapado sin parpadear.
—Isabella.
No me respondió.
—Necesitas intentarlo, al menos un poco. ¿Sí?
—¿Intentar qué? ¿Para qué?
Me mordí el labio.
—Para vivir.
Soltó una risa seca y amarga.
—Papá se murió por mi culpa,