Comenzó a llover justo antes de que llegáramos al cementerio.
Una tormenta. El cielo podía decir lo que yo sentía por dentro. Eso era mi alma: una mierda negra que se mezclaba, se abría y gritaba. ¿Qué era? ¿La viuda? No era nada, ni siquiera un cascarón vacío, nada.
No podía dejar de mirar el ataúd. No podía. Todo lo que había adentro eran cenizas, restos quemados, partes que nadie me describió. Lo que había quedado de Massimo, de ese hombre grande, que parecía de acero, que me abrazaba por la