Volví tarde a casa, a propósito para no tener que cruzármela. Seguramente estaba durmiendo. Me detuve un momento frente a su puerta y seguí, casi amanecía.
Tenía que arreglar el marcador con Puccio, dejarle en claro que por mucho que lo intentara jamás podría hacerme caer. Me fui con eso en la cabeza a dormir, pero no pude hacerlo bien: se repitió la misma pesadilla.
La madre de Isabella gritando a lo lejos, mi padre gritándome en su despacho, los llantos de mi hija y de fondo la figura de una